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La lucha de clases

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07/12/2019Ludwig von Mises

[Extraído del capítulo 7 de Teoría e Historia]

Como se señalará más adelante, cualquier filosofía de la historia debe demostrar el mecanismo por medio del cual la instancia suprema que dirige el curso de todos los acontecimientos humanos induce a los individuos a seguir los pasos que probablemente llevarán a la humanidad a la finalidad establecida. En el sistema de Marx, la doctrina de la lucha de clases trata de responder a esta pregunta.

La debilidad inherente a esta doctrina consiste en que trata de clases y no de individuos. Lo que hay que demostrar es cómo los individuos son motivados a actuar de tal forma que la humanidad llegue finalmente al estado que las fuerzas materiales de producción desean que llegue. Marx responde que la conciencia de los «intereses de clase determina la conducta de los individuos». Pero todavía no se ha explicado por qué los individuos prefieren los intereses de su clase a sus propios intereses. Y esto prescindiendo de la cuestión de cómo es que el individuo averigua cuáles son los genuinos intereses de su clase. El mismo Marx no puede dejar de admitir que existe un conflicto entre los intereses del individuo y los de la clase a la cual pertenece.1 Distingue los proletarios que tienen conciencia de clase, es decir, que anteponen los intereses de su clase a los propios, de los que no tienen conciencia de clase. Considera que uno de los objetivos del partido socialista es despertar la conciencia de clase en aquellos trabajadores que espontáneamente no la tienen.

Marx oscureció el problema al confundir los conceptos de casta y de clase. Donde prevalecen diferencias de status y de casta todos los miembros de las castas, exceptuados los más privilegiados, tienen un interés en común, cual es destruir las desventajas legales de su propia casta. Todos los esclavos, por ejemplo, están unidos por el hecho de que están interesados en la abolición de la esclavitud. Pero tales conflictos no surgen en una sociedad en la cual todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Ninguna objeción lógica puede presentarse en contra de la distinción de diversas clases entre los miembros de una sociedad así. Cualquier clasificación es lógicamente posible, aun cuando la forma de establecer la distinción se seleccione arbitrariamente. Pero no tiene sentido clasificar a los miembros de una sociedad capitalista según su posición dentro del marco de la división social del trabajo y luego identificar estas clases con las castas de una sociedad legalmente estratificada.

En una sociedad así el individuo hereda de sus padres el pertenecer a una casta y sus hijos nacen como miembros de ella. Sólo en casos excepcionales puede la buena suerte llevar a un hombre a una casta más alta. Para la inmensa mayoría el nacimiento determina inexorablemente su situación en la vida. Las clases que Marx encuentra en una sociedad capitalista son diferentes. El pertenecer a ellas fluctúa. La afiliación de clase no es hereditaria. Se le asigna a cada individuo en un plebiscito que se repite diariamente, por decirlo sí. Con sus gastos y compras el público determina quién debe poseer y administrar las fábricas, quiénes deben ser los actores en la función de teatro, quienes deben trabajar en minas y factorías. Hombres ricos se empobrecen y pobres se enriquecen. Los que han heredado o acumulado riqueza deben tratar de defender sus bienes de la competencia de firmas ya establecidas y de principiantes ambiciosos. En la economía de mercado libre no hay privilegios, ni protección de intereses creados, ninguna barrera que le impida a nadie esforzarse por alcanzar cualquier meta. El acceso a cualquiera de las clases marxianas es libre para todos. Los miembros de cada clase compiten unos con otros; no están unidos por un común interés de clase, ni se oponen a los miembros de otras clases para defender un privilegio común que quienes sufren por causa de él desean abolir, ni para tratar de abolir un defecto institucional que quienes de él se benefician desean mantener.

Los liberales del laissez-faire afirmaban: Si las antiguas leyes que establecían privilegios y desventajas de posición social son abolidas y no se introducen prácticas del mismo tipo, tales como tarifas, subsidios, imposición económica discriminatoria, exenciones concedidas por instituciones no gubernamentales, como iglesias, sindicatos, etc., para forzar e intimidar, hay igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Nadie es limitado en sus aspiraciones y ambiciones por obstáculos legales. Todos son libres de competir por cualquier posición o función social para la cual lo cualifiquen sus aptitudes personales.

«El capitalismo es fundamentalmente producción en masa para satisfacer las necesidades de las masas. Pero Marx siempre tuvo la creencia equivocada de que los obreros trabajan para beneficiar solamente a una clase alta de ociosos parásitos».

Los comunistas negaron que esta sea la forma en que funciona la sociedad capitalista organizada bajo el sistema de igualdad ante la ley. Según ellos, la propiedad privada de los medios de producción da a los propietarios —los burgueses o capitalistas, en la terminología de Marx— un privilegio que no difiere de los que antes poseían los señores feudales. La «revolución burguesa» no ha abolido ni privilegios ni discriminación contra las masas; según los marxistas, ha suplantado simplemente la antigua clase gobernante y explotadora de nobles por una nueva clase gobernante y explotadora: la burguesía.

La clase explotada, el proletariado, no sacó ningún provecho de esta reforma. Han cambiado los amos, pero continúan oprimidos y explotados. Lo que se necesita es una nueva y última revolución que, al abolir la propiedad privada de los medios de producción, establezca la sociedad sin clases.

Esta doctrina socialista o comunista no tiene en cuenta la diferencia esencial entre las condiciones de una sociedad de rangos o castas y las de una sociedad capitalista. La propiedad feudal se originó o por conquista o por donación de parte de un conquistador. La propiedad cesaba, ya fuera por revocación de la donación o por la conquista de un conquistador más poderoso. Era propiedad «por la gracia de Dios», porque, en última instancia, se originaba en una victoria militar que la humildad o la soberbia del príncipe atribuía a la intervención del Señor. Los dueños de propiedad feudal no dependían del mercado; no servían al consumidor; dentro de los límites de sus derechos de propiedad eran verdaderos señores. Pero la situación es muy diferente con los capitalistas y los empresarios de una economía de mercado. Estos adquieren y aumentan su propiedad a través de los servicios prestados a los consumidores y pueden mantenerla sólo si siguen prestando esos servicios de la mejor manera posible. Esta diferencia no puede ser cancelada con la metáfora «rey de los espagueti» para referirse a alguien que los produce.

Marx nunca intentó la imposible tarea de refutar la descripción que hacen los economistas del funcionamiento de la economía de mercado. En vez de ello, tenía mucho interés en mostrar que en el futuro el capitalismo debía producir condiciones muy insatisfactorias. Trató de demostrar que el funcionamiento del capitalismo debía conducir inevitablemente a la concentración de la riqueza en un número cada vez menor de capitalistas, por una parte, y al gradual empobrecimiento de la inmensa mayoría, por otra. En la ejecución de su tarea tomó como punto de partida la espuria ley de hierro de los salarios según la cual el salario promedio es la cantidad de los medios de subsistencia que se requiere absolutamente para que el trabajador viva y se reproduzca.2 Esta supuesta ley hace ya mucho tiempo que fue completamente desacreditada y aun los marxistas más cerrados la han abandonado. Pero aun cuando para propósitos de la argumentación se considerara correcta dicha ley, es evidente que no podría servir de base para demostrar que la evolución del capitalismo conduce a un empobrecimiento cada vez mayor de los asalariados. Si bajo el régimen capitalista los salarios son siempre tan bajos que por razones fisiológicas ya no pueden bajar más sin destruir la clase de los asalariados, entonces es imposible sostener la tesis del Manifiesto Comunista de que el trabajador «se hunde más y más» con el progreso de la industria. Al igual que todos los demás argumentos de Marx, esta demostración es contradictoria y se destruye a sí misma. Marx presumía haber descubierto las leyes inmanentes a la evolución del capitalismo. Creía que la más importante de estas leyes era la ley del empobrecimiento creciente de las masas asalariadas. Es esta ley la que produce el colapso final del capitalismo y el advenimiento del socialismo.3 Cuando nos percatamos de que esta ley es espuria, el sistema económico marxista y su teoría de la evolución del capitalismo pierden su fundamento.

«Toda la cadena de este razonamiento es explotada por el hecho de que el progreso del capitalismo no empobrece cada vez más a los asalariados sino que, por el contrario, mejora su nivel de vida».

A este respecto, debemos señalar el hecho de que en los países capitalistas el nivel de vida de los asalariados ha mejorado en una forma sin precedentes desde la publicación del Manifiesto Comunista y del primer volumen del Capital. Marx se equivocó completamente en lo que se refiere al funcionamiento del sistema capitalista en todo sentido.

El corolario del supuesto empobrecimiento creciente de los asalariados es la concentración de la riqueza en manos de una clase de explotadores capitalistas en continua disminución. Al tratar este asunto Marx no tuvo en cuenta que la evolución de grandes unidades comerciales no implica necesariamente la concentración de la riqueza en pocas manos. Estas unidades son casi sin excepción compañías, precisamente porque son demasiado grandes para que las posea un solo individuo. El crecimiento de unidades comerciales es mucho mayor que el crecimiento de fortunas individuales. Los activos de una compañía no son idénticos a la riqueza de sus accionistas. Muchos de estos recursos, el equivalente de acciones preferentes, bonos emitidos y préstamos obtenidos pertenecen, aunque no sea en el sentido del concepto de propiedad, a otras personas, es decir, a los dueños de bonos y acciones preferentes y a los acreedores. Cuando estos valores están en bancos comerciales y compañías de seguros y esos préstamos fueron concedidos por tales bancos y compañías, los propietarios son «prácticamente» las gentes que tienen obligaciones a su favor. De ordinario, las acciones comunes de una compañía no están concentradas en manos de una persona. En general, la amplitud de la distribución de las acciones es proporcional al tamaño de la empresa.

El capitalismo es fundamentalmente producción en masa para satisfacer las necesidades de las masas. Pero Marx siempre tuvo la creencia equivocada de que los obreros trabajan para beneficiar solamente a una clase alta de ociosos parásitos. No se percató de que los trabajadores consumen la mayor parte de todos los bienes de consumo producidos. Los millonarios consumen una parte casi insignificante de lo que se llama el producto nacional. Todas las ramas de las grandes firmas sirven directa o indirectamente las necesidades del hombre común. Las industrias que fabrican productos de lujo nunca pasan de ser unidades pequeñas o medianas. La existencia de grandes industrias prueba por sí misma que las masas y no los privilegiados son los principales consumidores. Quienes, al referirse al fenómeno de la existencia de grandes empresas, usan la expresión «concentración de poder económico» no se dan cuenta de que el poder económico está en manos del público consumidor, de cuya preferencia depende la prosperidad de las empresas. En su calidad de comprador, el asalariado es el cliente que siempre tiene razón. Pero Marx afirma que la burguesía «no es capaz de asegurar al esclavo la existencia dentro de su esclavitud».

Marx dedujo la excelencia del socialismo de la idea de que la fuerza motriz de la evolución histórica —las fuerzas materiales de producción— tienen que conducir al socialismo. Y puesto que estaba poseído por un optimismo de tipo hegeliano, no creyó necesario ofrecer pruebas ulteriores de los méritos del socialismo. Le parecía obvio que el socialismo, puesto que representa un estadio histórico posterior al capitalismo, también es un estadio mejor.4 Era blasfemia dudar de sus méritos.

Lo que todavía quedaba por hacer era mostrar el mecanismo por medio del cual la naturaleza efectúa el cambio del capitalismo al socialismo. El instrumento de la naturaleza es la lucha de clases. En la medida en que los trabajadores se hunden más y más con el progreso del capitalismo; en la medida en que su miseria, opresión, esclavitud y degradación aumentan son impelidos a la revuelta y su rebelión establece el socialismo.

«Los trabajadores nunca se entusiasmaron con el socialismo».

Todo este razonamiento es refutado por el hecho de que el progreso del capitalismo no empobrece a los asalariados, sino que, por el contrario, mejora su nivel de vida. ¿Por qué han de ser las masas llevadas inevitablemente a la rebelión si obtienen más y mejores alimentos, casas y ropa, automóviles y refrigeradores, radios y televisores, nylon y otros productos sintéticos? Pero aunque se admitiera para propósitos de la argumentación que los trabajadores son llevados a la rebelión, ¿Por qué ha de tener esta como meta precisamente el establecimiento del socialismo? La única motivación que podría inducirlos a exigir el socialismo sería la convicción de que estarían mejor en un sistema socialista que en un sistema capitalista. Pero los marxistas, ansiosos de evadir el tener que tratar los problemas económicos de una comunidad socialista, nada hicieron para demostrar la superioridad del socialismo respecto del capitalismo que no fuera el razonamiento circular: el socialismo tiene que venir como próximo estadio de la evolución histórica, y puesto que es un estadio histórico posterior al capitalismo es, necesariamente, mejor y más alto. ¿Por qué tiene que llegar? Porque los trabajadores, condenados a una pobreza cada vez mayor bajo el sistema capitalista, se rebelarán y establecerán el socialismo. Pero ¿qué otro móvil podría impelerlos a tratar de establecer el socialismo que no fuera la convicción de que el socialismo es mejor que el capitalismo? Y la preeminencia del socialismo es deducida por Marx de la idea de que el advenimiento del socialismo es inevitable. El círculo se ha cerrado.

En el contexto de la doctrina marxista la superioridad del socialismo se prueba a base de la idea de que los proletarios tratan de establecerlo. Lo que piensan los filósofos no cuenta. Lo que importa son las ideas de los proletarios, la clase a la cual la historia ha encomendado la tarea de forjar el futuro.

La verdad es que el concepto de socialismo no se originó en la «mente proletaria». Ningún proletario ni hijo de proletario aportó ninguna idea sustancial a la ideología socialista. Los padres intelectuales del socialismo eran miembros de la intelligentsia, descendientes de «la burguesía». El mismo Marx era hijo de un próspero abogado. Asistió a un gymnasium alemán, el tipo de escuela que todos los marxistas y otros socialistas condenan como el producto principal del sistema burgués de educación, y su familia lo sostuvo durante el tiempo que estudió; no tuvo que trabajar para poder asistir a la universidad. Se casó con la hija de un miembro de la nobleza alemana; su cuñado fue ministro de Gobernación en Prusia y, en cuanto tal, era jefe de la policía prusiana. En su casa tuvo una camarera, Helene Demuth, que nunca se casó y siguió a Marx en todos sus cambios de residencia, modelo perfecto del explotado cuya frustración y atrofiada vida sexual ha sido presentada repetidamente en la novela «social» alemana. Federico Engels era hijo de un acaudalado empresario y también él lo fue. No quiso casarse con su amante, María, porque era ignorante y de origen humilde5; gozaba de las diversiones de la aristocracia británica, tales como la cacería a caballo.

Los trabajadores nunca se mostraron entusiastas respecto del socialismo. Apoyaron el movimiento cuya búsqueda de mejores salarios Marx consideraba inútil.6 Pidieron todas esas formas de interferencia gubernamental que Marx calificaba de tonterías pequeño-burguesas. En épocas pasadas se opusieron al mejoramiento tecnológico por medio de la destrucción de las nuevas máquinas, más tarde por medio de la presión de los sindicatos para que se mantuviera a trabajadores innecesarios. El sindicalismo, apropiación de las empresas por los trabajadores empleados en ellas, es un programa que los trabajadores desarrollaron espontáneamente. Pero el socialismo fue llevado a las masas por intelectuales de origen burgués. Comiendo y bebiendo juntos en lujosas residencias de Londres y en casas de campo de la «sociedad» victoriana, damas y caballeros en elegantes atavíos concibieron planes para convertir a los proletarios británicos al credo socialista.

[Este artículo es un extracto del capítulo 7 de Teoría e Historia]

  • 1. Como leemos en el Manifiesto Comunista: «La organización de los proletarios en una clase y, en consecuencia, en un partido político, es destruida a menudo por la competencia entre los trabajadores mismos».
  • 2. A Marx, desde luego, no le gustaba la expresión alemana «das eherne Lohgesetz» porque había sido introducida por su rival Ferdinand Lassalle.
  • 3. Marx, Das Kapital, 1, 728.
  • 4. Sobre la falacia implícita en este razonamiento, véanse la página 147 y sgs.
  • 5. Después de la muerte de Mary, Engels se amancebó con su cuñada Lizzy y se casó con ella cuando estaba muriéndose «para darle un último placer». Gustav Mayer, Frederick Engels (La Haya, Martinus Nijhoff, 1934), 2, 239.
  • 6. Marx, Value, Price and Profit, ed. E. Marx Aveling (Chicago, Charles H. Kerr & Co. Cooperative), págs. 125-6. Véase pág. 118.
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